Cuando el "derecho a decidir sobre las vacunas" pone en riesgo la salud de todos
6/2/20263 min read
Hace unas semanas, viví una situación en la consulta que me dejó una mezcla de desconcierto y profunda preocupación. Una madre me puso una reclamación formal en el centro de salud. ¿El motivo? Consideraba que, al insistir firmemente en la recomendación de vacunar a su hijo, estaba "coartando su libertad para decidir".
Tras explicarle de forma razonada la evidencia científica, las estadísticas y el beneficio para su pequeño, vi que era imposible cruzar la barrera de una postura ideológica inamovible. Terminé la consulta con la frase que, lamentablemente, me veo obligado a utilizar cada vez más a menudo ante situaciones donde el sentido común parece haber desaparecido:
"El niño es suyo, haga con él lo que quiera. Yo le doy mi opinión y mis consejos como profesional; a partir de ahí, usted decide."
Y es verdad: la patria potestad les otorga esa última palabra. Pero como pediatra, no puedo evitar hacerme una pregunta que va mucho más allá de las paredes de mi consulta: ¿Dónde termina la libertad individual de un progenitor y dónde empieza el derecho a la salud de la comunidad?
La trampa de la "falsa equivalencia"
Vivimos en una época extraña donde se ha equiparado la opinión sin fundamento con el consenso científico. Se ha malentendido la libertad de expresión, otorgando el mismo respeto y altavoz a un bulo de internet que a décadas de investigación epidemiológica.
Hablar de los supuestos "perjuicios" de las vacunas basándose en teorías de la conspiración o datos falsos no es dar un punto de vista respetable; es una irresponsabilidad. La ciencia no es una cuestión de fe ni de opiniones; se basa en hechos demostrables. Y el hecho indiscutible es que las vacunas salvan vidas.
La salud pública: Un escudo colectivo
Cuando un padre decide no vacunar, no solo está tomando una decisión que afecta a su hijo. Está abriendo una brecha en el escudo que nos protege a todos: la inmunidad colectiva.
Parece que hemos olvidado por qué vacunamos. Lo hacemos por salud pública. Pensamos en nuestros hijos, sí, pero también deberíamos pensar en el bienestar general. En todas las escuelas hay niños que están librando batallas durísimas: niños inmunodeprimidos, en tratamiento oncológico o con patologías crónicas que, por razones médicas reales, no pueden ser vacunados. Esos niños dependen enteramente de que los demás estemos inmunizados para no contraer una enfermedad que para ellos podría ser fatal.
Negar la vacunación por un capricho ideológico es dar la espalda a la solidaridad más elemental. Es dejar desprotegidos a los más vulnerables.
El regreso de fantasmas del pasado: El sarampión
Las consecuencias de dar alas a estos discursos sin base científica ya están aquí. No es una hipótesis de futuro: estamos teniendo brotes de sarampión en pleno siglo XXI. Una enfermedad extremadamente contagiosa, que dábamos por controlada y que puede dejar secuelas graves, vuelve a asomar la cabeza porque las coberturas vacunales empiezan a agrietarse en algunos entornos.
Ante esto, yo me pregunto: ¿Es que esto ya no importa? ¿Hemos normalizado tanto el bienestar que nos permitimos el lujo de jugar con fuego y resucitar enfermedades del pasado?
Un consejo profesional, una responsabilidad familiar
Como profesionales de la salud, nuestro deber es informar, asesorar y proteger a los menores basándonos en la mejor ciencia disponible. No imponemos, no obligamos (la ley actual no lo contempla), pero tampoco podemos ser cómplices del silencio ni asentir ante argumentos que ponen en riesgo vidas humanas.
La decisión final siempre estará en manos de los padres. Pero la libertad para decidir debe ir ligada a la responsabilidad de asumir las consecuencias. No vacunamos por cumplir un trámite, vacunamos para seguir viviendo en una sociedad segura, sana y justa.

